sábado, 14 de octubre de 2017

Cambio

La verdad, le digo a Gema, es que a mí la gente siempre me ha tratado bien. Incluso esas dos personas que me odian me trataron bien cuando me ya me odiaban pero seguíamos manteniendo contacto. Pero algo que lamento, que me hubiera gustado que fuera de forma distinta, y quizá ligado un poco a la forma en que se dan todas mis relaciones, es que nunca han intentado cambiarme. Algunos pocos, quizá, han mencionado algún defecto, me han dicho que debería ser distinto, pero como quien habla a la tele durante una película o un partido de fútbol, creyendo que no hay mucho más que hacer, y desentendiéndose una vez que se alejan de la tele. Tengo una personalidad muy fuerte, no el sentido ese de tener mucho carácter, pero sí muy definida, terca, persistente, y para cambiarla hay que forzarla un poco. Y, bueno, me apetece culpar de mis fracasos a los demás, hoy, le digo a Gema, que sabe perfectamente que es la única a la que no incluyo en ese genérico. Porque no es que yo no quiera cambiar y eliminar aquellas cosas que no me gustan de mi personalidad, pero haciéndolo por mi cuenta esas cambios han ido siempre muy lentamente; los demás, sobre todo Sofía, al no proponerse cambiarme, son las culpables de todo, evidentemente, digo sonriendo con la sonrisa tonta con la que digo todo. 

Gema me escucha mientras continúa moviendo los muebles del salón, que llevamos un rato intentando reorganizar. Tiene el pelo recogido en un moño que me recuerda a ella, pantalones cortos, va descalza y con los ojos verdes apuntando con inteligencia a todas las intenciones que luego considera erróneas y estúpidas. No vamos a acabar nunca, Ru, me dice, y lo peor es que lo vamos a dejar igual. Cuando no hayamos acabado. 


viernes, 13 de octubre de 2017

Cuatro días

...he hecho con la puntuación lo que me ha dado la gana...

1. Cuatro días

Dices que no sirves para nada
y que el tiempo pasa y, total,
a quién le puede importar,
que nadie parece escuchar.

Dices que no tienes ná de ná,
que te abrazaste a tu sueño
y ahora te da miedo de soñarlo mal.
De soñar que se te va.

Son cuatro días
y hoy, que está nublao,
tú te has despertao asustá,
pensando que el sueño
para ti ha acabao,
tú que habías apostao por soñar.

Dices que todos saben algo más,
algo que no sabrías ni preguntar,
algo grande de verdad,
que nadie te lo va a contar.


2. Con las manos vacías

Qué triste despertar
en las mañanas frías
sin poder hallar
tus manos en las mías,
contemplar mi balcón, sin sol,
y sentirme morir de amor,
con tristeza y ausencia,
en las noches sombrías,
implorando clemencia,
con las manos vacías.

Qué triste despertar
y verse siempre solo,
con esta soledad
donde se acaba todo,
y ponerme a gritar
que el amor es mentira
y nos deja, al final,
con las manos vacías. 

3. Borrico

Que no puedo esperar,
que no soy de granito,
que todavía palpito,
que, aún así, quiero más.

¿No será que me desquito?
¿No será que hoy te vas?
¿No será que me derrito
cuando estás
a mi lado
y soy tan borrico que lo hago mal?

Mal. Fatal. Peor.

Y, de repente, un grito,
me recuerda, mi amor,
todo lo que te quito.

Cuando vuelvas,
rebuznaré otra vez.
borrico. 

4. Feliz big bang

Aquí los sanos, situando nuestra posición,
aclaramos que soportamos vuestro sufrimiento,
tanto o más tormento, parece que no, y son nuestros sentimientos.
Y, aún así, nos resignamos, estoicos, espartanos.
La conmiseración no espera nunca, no, agradecimientos.
Aún así tenemos oídos para tus lamentos.
Sabed que, así, no esperamos gracias -gracias- ni reconocimientos.
¡Ah, los sanos, divina representación! Representamos a lo más alto, ¿o no?
Y a lo más alto apuntamos. Nuestra misión: nunca hartos, jamás diciendo no.
Aún así tenemos oídos para los faltos.
Sabed que, así, tiene sentido: sin oídos qué sería de tu llanto.

¡Soy el jefe, esto es champán!
¡Feliz big bang!
¡Soy el jefe, esto es champán!
¡Son flores!
¡Soy el jefe, esto es champán!
¡Sin miedo, sin temores!
Señores,
¡es champán!
(Y aquello flores).

5. Mierda de mago

Solía sentarme a esperar a que el mago hiciera aparecer el sol; un día, mientras pasaras a mi lado, el mago haría salir el sol. "Sólo un rayo, por favor, señor mago, que salga el sol entre ella y yo, y que parezca que he sido yo". 

Ya sólo espero sentado a que el mago venga y termine esta canción, la más bella que hayas escuchado. No iba a hablar de ti, mi amor. "Señor mago, esta canción... me había jurado... ¿no quedamos, usted y yo, en que no iba a ser de amor?"

6. Viento sur

Hoy desperté temprano en la mañana y pensé: Me gusta, me asusta un poco. Pero sé que es sólo el viento que me azota en la cara y hoy no intento cuentos y sé bien que me crees. Lo sé muy bien. 

Estoy harto, tanto que me bajé del barco, y no hay charco bajo mis pies. Y es sólo el viento que me azota en la cara y hoy no intento cuentos y sé bien que me crees. Sé que me crees. Lo sé muy bien. 

Se me antoja lejano el tiempo aquel de inventos tan lentos que no llegué ni a ver. Y es sólo el viento que me azota en la cara y hoy no intento cuentos y sé bien que me crees. Lo sé muy bien. Hoy desperté temprano a la mañana y pensé... 

lunes, 25 de septiembre de 2017

Adiós al lenguaje (borrador)

Para mí es cuando empiezan la cosas, me dice, cuando ya no es necesario decir bosque para que se vea el bosque y basta con situarse cerca de la ventana desde la que se ve el bosque, y con esto me refiero a cualquier gesto, a cualquier actitud, a lo que sea que no sea lo explícito de una frase sin ambigüedad, o de una frase que juegue demasiado a las evidencias; yo siempre me callo, ya lo sabes: es que ahí hay que ser animal, buscar la comprensión que se tiene con un perro o un gato, cuando las palabras no son lenguaje pero se acaba comprendiendo todo.

Todavía no sé si las cosas que me interesan son las que deseo antes de tenerlas o las que me provocan después de haberlas tenida. Tiene que ver con lo que te decía antes. Usé el mismo vestido y la tormenta también tuvo que ser la misma, y los árboles, los mismos. Esto no puedo escribirlo por el móvil, y no quiero leerlo por el móvil, y no quiero hablarlo por teléfono. No veo la imagen, no veo las palabras, sólo el aparato, que es el mismo que utilizo para mirar ropa, modelitos, para decirte que compres papel higiénico, y por eso quiero salir de ahí. La tormenta no me mojó y él no llevaba paraguas, me dijo que le gustaba la gente que comía manzanas por la calle cuando esperábamos en el semáforo y cruzó una chica con una manzana, guapa, joven, despreocupada. 

sábado, 12 de agosto de 2017

Danubio III

Ya en el restaurante les cuento cómo, después de años sin ir a la playa ni a la piscina, por razones que no merece la pena explicar (a la piscina he tardado incluso otros cinco años en ir, y porque no podía decir que no este año; de las piscinas sí que estoy en contra: no tienen medusas, peces, olas o corrientes de diferentes temperaturas y, además, están llenas de cloro), empecé a soñar con sumergirme en el mar, les expliqué, con la sensación de lanzarme de cabeza y sentirme rodeado de agua. Y eso, recuerdo, a principios del año; no sé, enero, febrero. A la playa no dejé de ir, que de vez en cuando paseábamos por allí, casi nunca en verano, siempre sin bañarme. Pero ese año, y estando en Madrid, empecé a soñar con eso sin ningún tipo de motivo que me llevara a ello; yo que sé, conversaciones, películas o alguna otra cosa así; no hubo nada, simplemente empecé a soñar con el mar, como si se hubiera ido acumulando durante años esa necesidad hasta llegar a un umbral en el que ya no era posible ignorarla. Y claro, el deseo fue creciendo cuanto más cerca estaba el verano. Fue el año que conocí a Gema; quizá tenga algo que ver. Evidentemente, en cuanto pude volví a bañarme, dejándome de tonterías. El verano de las medusas y la publicista, por cierto, Gema, que fui contigo varias días a la playa, no sé si te acuerdas. Desde entonces lo de ir a la playa se ha convertido en el centro de mis veranos otra vez, como de pequeño. Mi abuelo creo que me gana, que, después de más de cincuenta años, este año le dio por bañarse otra vez un día que acompañó a mi primo pequeño a la playa. 

Estábamos hablando de androides, de cuánto pueden llegar a parecerse a un humano o de cómo sería la vida con ellos cuando sean casi como humanos. Lo que quiero decir, les digo después del rodeo argumental que soportan tranquilamente mientras seguimos comiendo los excelentes platos que nos han puesto, es que ese tipo de deseos, probablemente los más interesantes, que surgen no como algo simplemente casual sino consistente con la historia propia, aunque sea de forma inesperada, jamás podrían introducirse en un androide. ¿Cómo programar eso sin que sea algo elegido previamente ni tampoco aleatorio, que aparezca de forma propia con los sucesos que haya soportado cada androide?, pregunto sin esperar respuestas. El inglés, que al contrario que a mí le apasionan mucho todas estas cosas, continúa con su argumentación cuando termino. Habla de Westworld, de que pase el tiempo suficiente, de que no haya un colapso de la civilización. Ah, digo, tú también te has leído ese libro. 

viernes, 11 de agosto de 2017

Danubio II

Y el inglés, que parece que ya ha terminado de descifrar el plano o de aclarar sus ideas o de hablar con Irene de las fotos, nos llama. Yo me acerco sin reticencias y a Gema le tenemos que insistir un poco para que deje de mirar magnéticamente al río. Nos dice, mientras se acerca Gema, que la calle no está muy lejos y que le parece buena opción que vayamos allí para comer, al restaurante que nos recomendaron los murcianos; lo dice dibujando con el dedo la trayectoria sobre el plano, como arrasando todo lo que hay en medio, pienso. Irene, siempre agradable y entusiasta, dice que le parece buena opción; yo asiento, sin decir nada; Gema suelta uno de sus vale que podrían significar cualquier cosa pero que siempre terminamos por considerar como una aceptación. Hambrientos e imaginando la posible comida, nos dirigimos a esa calle confiando en las indicaciones que nos da el inglés, atento siempre al plano y disfrutando del siglo veinte, los cuatro ajenos a la posibilidad de ayudarnos de mapas digitales y satélites. El inglés se adelanta un poco, contento en su papel de guía, y nos quedamos detrás Gema, Irene y yo, hablando, primero de comida -algo que yo sólo soporto cuando tengo hambre por un misteriosa razón psicológica o incluso física-, y después, al cruzarnos con una pareja de un erotismo demasiado evidente, Gema dice que le cuesta no imaginarse la vida sexual de los demás. Soy incapaz de no imaginarme la vida sexual de los demás, dice. De todos, incluso de gente que no me atrae, como esos dos que nos acabamos de cruzar, tan evidentes y aburridos. Posturas, gestos, vocabularios, la timidez o vergüenza que son capaces de ocultar, el atrevimiento, luces, música, me lo invento todo, y, como tengo ya demostrado, con una total falta de intuición y acierto alarmantes... que me alarma, quiero decir, dice Gema, y contrasta con lo bien que suelo entender a la gente en aspectos menos íntimos, más sociales, en anticipar decisiones, imaginar gustos o parejas, con una comprensión alarmante... asombrosa por lo acertada, quiero decir, mi comprensión. Hay algo en la intimidad de los demás que siempre acaba por descolocarme cuando no los conozco demasiado. Irene no dice nada, pero tiene gesto, pienso, de estar pensando cómo se la imaginará Gema. No sé si te has cruzado con los de la habitación de al lado del hotel, me dice a mí, que tampoco digo nada, esa parejita un poco sosa, apagada... ni joven ni enérgicos, a pesar de la edad... y luego esta noche, Irene, por suerte en otro idioma, creo que en sueco, se lo han pasado estupendamente... como el compañero de piso de tu amigo aquel, Ru, que se traía casi cada noche a alguna distinta y no escatimaba en lenguaje y otras cosas... Lo que tiene más delito, que tu amigo lo escuchaba todos los días y luego, además, tenía que cruzarse con él. Aunque a tu amigo parecía no importarle demasiado, era bastante tranquilo para esas cosas, no como tú. Lo que decía, que no esperaba yo de la parejita del hotel que fueran a disfrutar de esa manera, dice cuando llegamos a un semáforo y nos reagrupamos con el inglés. Dos calles más y llegamos, dice.