miércoles, 21 de junio de 2017

Así yo, quizás

"Y de que, añadí yo, su objetivo al introducir las modificaciones que introduce así en los factores ambientales como en los hechos de base real no es otro que el de suscitar la repulsión del lector, del lector en general además de un lector o lectores en concreto, la persona o personas a las que va dirigida la obra aunque el autor tal vez ni lo tenga en mente, suscitar su repulsión, ofender su sensibilidad, causar escándalo, apuntando siempre no a expresar la realidad cotidiana sino a vulnerarla, quién sabe si en su afán adolescente de afirmar su propia personalidad, objetivo que, en todo caso, hay que reconocerlo, parece plenamente alcanzado".

Luis Goytisolo

miércoles, 14 de junio de 2017

Función de Gibbs

Ni siquiera una acción directa, ni un intento rebuscado de conseguirlo. Sólo la realidad juguetona, que sin ese hecho no hubiera llegado a nada. Y tampoco una mano invisible, un todo se transforma, las compensaciones para equilibrar la balanza, el fiel, el destino y sus raíles o teorías de libros que falsean filosofías orientales, las casualidades esas tan bellas, tan de película de los años noventa, y todo ese conjunto de polladas que tan bien usa Paul Auster en sus mejores libros. Nada de eso. Sólo los hechos y su recuento y, más o menos, porque la situación es sencilla, porque hacemos suposiciones más o menos evidentes, la claridad con que unos hechos van sucediéndose a otros acompañados de esas partes auxiliares más o menos evidentes que completan y cierran más limpiamente el cuadro, esa imagen a la cual conducen los hechos, unos detrás de otros y que nunca se hubieran llegado a producir si en ese momento, todos reunidos, por una insistencia que podríamos creer sin intenciones, realizada simplemente para facilitar los horarios, la agenda, el resto de ocupaciones de esa semana, y que, pequeño umbral que se sobrepasa, terminó por convencer a todos, a casi todos, a los que no tenían alguna otra cita ineludible, a los que nos importa al menos, de que aquella vez en lugar de una comida como las últimas veces, en lugar de una cena entre semana como las veces especiales, fuese un viernes por la noche de un fin de semana normal, una cena, con lo que la gente no acabaría pronto con diversas excusas abandonándonos poco después de terminado el último plato sino que cambiaríamos el restaurante por un un sitio cercano y éste por otro, cada vez más a gusto, cada vez con más confianza, y esto sin decirlo, sin pensarlo, alguien: el viernes por la noche me viene mejor, solamente. Y, claro, lo que está latente, lo que no es aún espontáneo pero que existe e incluso se desea de forma más o menos formulada, con la, digamos, sin pensar mucho en la metáfora, estequiometría más o menos clara, una última copa en otro bar, así como, sin olvidar que estamos ante una historia como tantas, quedarse los dos solos repentinamente, ese otro pequeño umbral, quizás aún más importante, por los cambios de agrupación, por las conversaciones que saltan, todos alegres pero estables, que somos gente decente, hasta llegar a ese bar de copas, a ese pub tranquilo, acompañados por la empatía y las ganas de estar solos con la que acabará la noche y empezará otra sucesión de hechos vista con bastante amor desde aquí, desde este aún pasado de aquello y esta distancia que me da no ser la protagonista. O acaso, por verlo desde otro perspectiva menos erótica y que te abra menos posibilidades y no te lleve a imaginar lo que quizá crees posible de la sonrisa más que envidiable en la que estás pensando mientras desarrollo esto, me dice, esa oferta de trabajo a la que, tú por ejemplo, no estás pensando aplicar, por decirlo en este lenguaje que me resulta tan mal traducido del inglés o del inglés moderno o qué se yo, que a mí sólo me gusta el francés y el checo, ya lo sabes, me dice Gema con unos ojos verdes que recuerdo idénticos a los de otros días, esa oferta de trabajo, decía, entre Bilbao y Suecia sobre un tema que no dominas actualmente, que te asusta un poco quizá, pero puede ser interesante, muy de investigación y desarrollo, muy tecnológico y experimental, con mucho aprendizaje y con la posibilidad de trabajar con buenos profesionales de muchos campos, interesados en lo que hacen, algo que podría convertirse en apasionante, digamos. Pero la persona que te lo muestra de buena fe, encantadora, sabiendo que buscas trabajo, confiando en ti, en tus posibilidades, queriendo incluso lo mejor para ti, tampoco insiste mucho, no te pregunta si ya has echado por fin el currículum, que no pasa nada si no te cogen, o si luego lo rechazas, tú échalo y luego ya decides, que no pasa nada, de verdad, hay que echar curriculums, no hay acto inútil, y, por tanto, con la losa que suponen tus dudas, tus cobardías, tu costumbre de pensar en otras cosas que no deberían ser importantes en una situación así, la escasa insistencia de esa persona no vence el umbral de tus dudas, no hace que esa situación no espontánea en condiciones ambientales normales logre revertirse, no te lleva a pulsar el botón que enviaría el pdf con una fotografía de tu rostro en una esquina hacia la pantalla de alguna persona que juzgaría tus aptitudes y querría convocarte a una entrevista, a ver cómo eres en persona, con tu simpatía natural, perfecta para destacar en el espejo, spegel, de algún baño sueco con una excelente calefacción para el frío invierno que acabarías compartiendo, porque para ti todo es sexo, hombre asqueroso que eres, me dice Gema totalmente encantadora pensando en que esto lo escuche ella, ya tan lejos, tú, si recuerdas, en la habitación de amplias ventanas y cuidada madera de una rubia dulce y femenina, no como tiendes a imaginar a las suecas, con una voz, probablemente, pues es lo que buscarías, parecida a la de Nina Persson. Aunque, claro, te gusta más la primera historia, que no hay nada más erótico que la posibilidad de follar. En fin, continúa Gema echando de menos su mar asturiano o la fresca casa de sus abuelos en las montañas, mientras se termina el helado sentada en el sofá, no muy vestida ni muy pegada a nada, que me he pasado toda la mañana pensando en ese tipo de situaciones con eso del umbral, así como el homosexual que descubre o acepta ya en su mediana edad que lo es, por un gesto, una mirada, una conversación, después de una vida en la que siempre pensó sentir un deseo real por todas las mujeres con las que tuvo alguna relación sexual y no sintió nunca haber reprimido nada, y se entrega, más con cierta curiosidad que como algo inevitable o desconcertante, a demasiadas relaciones que le muestran que prefiere mucho más esto a lo de antes, así yo toda la mañana pensando sobre estos temas. Aunque la verdad es que no sé qué pensaba yo antes, me dice Gema. De lo del recuento, digo. Y siempre he tenido bastante manía a las metáforas basadas en conceptos científicos, qué coñazo la gente hablando de los que no sabe. Tiene el pelo corto y me gusta verla sufrir con el calor, y está claro que me conoce después de todo.

lunes, 29 de mayo de 2017

Camino para Lisboa

...estoy en ello: es sólo el comienzo...
...segunda parte de: Paisaje para Lisboa

Porque nunca ha sido la edad, como creía, tan tonta, tan niña pequeña siempre, tan de llegar siempre tarde a todo: la última de mis amigas, de mis amigos, en empezar a beber, la última en perder la virginidad, en empezar a follar, que lo otro no sé qué significa, y siempre retrocediendo un poco a cada paso, por mirar las cosas con algo de perspectiva o qué sé yo, por cobardía o por preferir disfrutar de la duda. Tarde a las redes sociales, a los móviles de última generación, a todas las series, que siempre me negué a acercarme a ellas, la última en encontrar trabajo, en viajar. No detrás de nadie, por otros caminos, por otras vías, y deteniéndome, a cada paso, a cada mierda que me encontrara, y los pasos firmes, atenta, con miedo, torpe, indecisa y llena de dudas, pero firme. La hoguera, todos mis amigos probando las drogas en aquel San Juan y yo recorriendo la orilla, pisando las piedras de esa playa, sin quemarme, sin saltar por encima, hasta las doce, ya un poco borracha, que nos metimos todos dentro del agua y al salir besé a aquel chico que no conocía de nada y que no se atrevió a meterse en la oscuridad que era el mar a esa hora, para pasar el resto de la noche hablando de libros hasta quedar dormidos juntos sin hacer nada, la camiseta húmeda sobre la toalla, el libro que estúpidamente me traje en la arena, los cigarrillos en su mano, los vasos vacíos. Las burlas de mis amigos al día siguiente, la barbacoa, las chuletas mal cocinadas por la insolencia juvenil de mis amigos, que no sabían ni encender el fuego, y yo era sólo palabras, palabras que me repetía a mí misma y que luego no sabía malgastar con los demás. Caminos cuánticos, paralelos, cantando canciones y arbolitos al lado. Y no soy pasado, no soy una historia, no se puede narrar nada. Me lo tendré que inventar, un pasado, no se puede tener un niño sin pasado, sin algo con lo que sostenerlo, al menos el tipo de pinceladas coherentes, sutiles, que, para mí, conforman el pasado de mis padres, de los que no sé ni cómo se conocieron. Seré un dibujo, en blanco y negro, una muchacha que baila por un camino. Da igual. No, no es necesario un pasado, quizá un futuro o como mínimo un presente. Que siga dando patadas como si quisiera ir a algún sitio, ya verá el resto. Como yo el otro día, hasta encontrar a Ana. Iba a algún sitio hasta que la vi y luego me olvidé. Me entretenía anticipando las reacciones de los tíos con los que me cruzaba, los insolentes descarados, los indiferentes, los que querían mirar pero lo evitaban. Tan sencillo todo, siempre el mismo inventario en mis paseos largos. Tampoco soporto a esos capullos que te cruzas y se te quedan mirando a los ojos, como buscando reconocimiento, mira, no te estoy mirando las tetas, soy un tío fantástico, dame tu aprobación, muéstrame que te gusto, pídeme que me acueste contigo, que no me voy a girar para mirarte el culo. Luego me entretengo imaginando sus vidas sexuales, seguro que no fallo. Y así hasta la mirada del hermano de Ana, el del suicidio, y las palabras de Ana siempre tan naturales, tan sociales, precisas y adecuadas para cada situación. 

jueves, 4 de mayo de 2017

Apocalipsis más tarde

Más tarde, en veinte años, cuando llegue a los cincuenta, cuando todavía sea una mujer fuerte pero ya esté menos interesada en tener algo parecido a un proyecto de vida y probablemente no me preocupe en absoluto mantener mi pasado, si es que alguna vez he estado interesada en eso, entonces, en ese momento, me parecería estupendo que llegase un apocalipsis, me dice Gema, que mientras habla se arregla el pelo con los dos brazos levantados y sin hacerme mucho caso; habla para molestar y sabe que me encanta escucharla. Un apocalipsis energético creo que sería la mejor opción, porque algo que tuviera que ver con enfermedades o catástrofes medioambientales convertiría la supervivencia en algo demasiado aleatorio, y lo que más me interesaría de un apocalipsis sería el desarrollo intelectual, el placer de enfrentarse a problemas que pudiera resolver con mis recursos cercanos y mi inteligencia. Y mi fortaleza, y el placer físico de las soluciones, que, por supuesto, ninguna sería intelectual, todas serían físicas, quiero decir finalmente físicas: acopio de materiales, cortar leña, plantar cebollinos, vencer a los maleantes, pasar las tardes jugando con barro y paredes pintables. Lo importante sería huir a un sitio adecuado desde el comienzo. Recuerda que no hay electricidad, no hay coches, sólo queda lo cercano. No me imagino nada especial, un apocalipsis de esos de cualquier película o serie mala. La decadencia, la aparición de ruinas, la supervivencia, los instintos que se confunden, la falta de recursos, la economía en su más fantástica expresión... Qué feliz sería. En fin, si me cuido es únicamente para eso, para llegar en buen estado a ese bello momento y poder sacarle todo el partido posible a una existencia en esas condiciones, me dice mientras saca una cabeza de ajos negros de una bolsa que guardaba en la mochila. Acababa de llegar al piso, un poco sedienta, un poco alocada, con ganas de hablar y no dejarme leer. Una tienda de ajos negros, ahí al lado, por Raimundo Fernández Villaverde, más o menos a la altura de la librería de segunda mano, pero por detrás, me dice sonriendo. Se sienta en el sofá y me acerca el ajo negro. Para que lo pruebes, que seguro que te gusta. 

lunes, 17 de abril de 2017

Amor (monólogo)

...de un vagabundo con botella y río, más bohemio que miserable, en una posible y mediocre película de serie b con pretensiones intelectualoides...

Cómo me gusta amar. Lo amo todo, tan bello. El mar, las luces, el odio, por ejemplo. Qué maravilloso el odio. Cómo amo odiar. Qué bellísimo odiar. Me encanta odiar. No hay nada como odiar. Todo lo odio. El amor, por ejemplo. Cómo odio amar.