miércoles, 6 de julio de 2016

VI. El hijo

Sólo sé que yo no estaba, nos contó el hijo. Mi madre siempre ha sido muy reacia a las fotos, a los vídeos, no sé cómo aceptó que la grabaran. Ella siempre dice que escribir y grabar canciones, o escribir los pequeños textos que también escribe, le resulta una manera mucho más eficaz, palabra que siempre utiliza en broma, para recordar lo que ha sido que cualquier imagen. Para ella, que probablemente tiene una memoria fotográfica, son prácticamente como fotos... todo eso que escribe, que suele tener más que ver con los instantes, con una imagen quieta, con esbozos de algún momento, que con historias desarrolladas. Aunque, la verdad, lo transforma todo un poco a su manera, que eso le divierte bastante, y probablemente sólo ella es capaz de asociar lo que escribe con lo que realmente es. Sin embargo, sí que le gusta grabarse la voz, odia hacerse fotos pero le encanta grabarse cantando, y le encanta ver cómo su voz ha ido cambiando con el tiempo, por eso tiene cientos de grabaciones. Siempre dice que empezó a grabar sus canciones por dejar registrada su voz, no porque le diera mucha importancia a lo que hacía. Y se escucha, suele escuchar sus canciones a menudo, como quien acude a un viejo álbum de fotos o a las fotos de su pareja, o de sus ex (o de quien no te llegó a querer nunca, pienso) en el móvil. Y también se relee, eso que parece que todos los escritores odian, le gusta verse en lo que escribió hace años. No lo hace por nostalgia ni por exceso de amor hacia sí misma, que yo creo que nunca ha tenido de eso, sino por conocerse, por no olvidar lo que ha sido o algo así, no sé, nos contaba el hijo en la terraza de un bar cercano a la plaza de la catedral donde fuimos a tomarnos algo la semana siguiente, cuando regresó al pueblo. Estábamos Gema y yo, y él y su novia. La cantante, su madre, andaba aún de vacaciones por Uruguay. Por la edad que aparenta, continuó, tiene que ser del año dos mil, cuando aún no había llegado a los cuarenta; y la casa creo que era de un amigo, quizá alguna vez estuve allí, aunque no estoy muy seguro. Debe ser de por aquí, eso seguro. La canción es suya, de una época en que le dio por imitar a los pioneros del blues. Esta no me extrañaría que fuera una recreación de algún clásico de Skip James o alguno así. Siempre ha cuidado mucho sus grabaciones y sus composiciones. Las trabaja bastante hasta que considera que no hace falta ningún cambio más. Pero no sé por qué grabó esto, ni quién colgó el vídeo ahora, después de tantos años. Alguna vez ha dado conciertos en bares, como el del pueblo del otro día, pero siempre por amigos que se lo han pedido o por pasar el rato alguna noche. Siempre ha preferido tocar para ella, en su habitación, sin pensar en que la escucharan. Toda mi vida, nos cuenta, ha sido así, con ella en su cuarto escuchando música o tocando. Casi nunca nos daba conciertos, aunque sí que nos permitía entrar a escuchar, a mi y a mi hermano, cuando queríamos. En este vídeo exagera un poco la voz, la pone más ronca de lo normal, ya que tiene una voz muy agradable, muy dulce. Ya la oiréis, espero, nos dijo.

lunes, 4 de julio de 2016

V. La novia

Ya en la feria del pueblo, después de observar algunas de las atracciones, de intentar ignorar la música, coincidimos con el hijo, que iba con una chica muy descriptible, y decidimos juntar nuestra felicidad veraniega por estar allí. La chica era su novia y sería la novia unos meses después en una boda a la que nos invitaron y sobre la que un día quizá podría contar algo. Aquel día sólo nos tomamos unas cervezas, cenamos y volvimos a darnos una vuelta por la feria hasta que el hijo, que tenía que regresar a Granada al día siguiente, decidió marcharse. La novia, sin embargo, que se lo estaba pasando bastante bien hablando con Gema mientras el hijo y yo hablábamos a trompicones (y yo intentaba hablar de Navarra, mi tema favorito aquellos días), decidió quedarse con nosotros. Cuando se fue, dejamos el recinto de la feria para callejear por el pueblo en busca del local por el que habíamos venido. Gema y la novia hablaban de la infancia francesa de ésta, cuyos abuelos emigraron a Francia durante la guerra civil y no regresaron, ellos y sus hijos y sus nietos, hasta los años noventa, cuando ella ya tenía casi diez años. Sus abuelos decidieron comprarse una casa aquí y ella solía quedarse los veranos, una parte al menos, con ellos, y, finalmente, decidió estudiar la carrera aquí en España, en Granada, donde, una tarde perdida de sus últimos años de universitaria conoció al hijo mientras paseaba por la Gran Vía. Al hijo, al que hasta entonces había estado llamando por su nombre, lo nombró en esta ocasión por el apellido, por el mismo apellido vasco que habíamos leído en el periódico ese mismo día. Gema lo pasó por alto, atenta a la particular forma de expresarse de la novia, pero yo busqué en el móvil el vídeo de la cantante y, mientras explicaba algo de uno de sus profesores universitarios, la paré y le enseñé el vídeo. Oye, le dije, no conocerás por casualidad a esta cantante. La novia se rió, y dijo que sí, claro, que era la madre de su novio, del hijo. Le explicamos la historia que teníamos con ese vídeo, los años que llevábamos detrás de encontrar algo sobre ella, que esa tarde estábamos allí por ella. Joder, qué casualidad, decíamos absurdamente los tres mientras contábamos Gema y yo la historia. Seguimos caminando hasta llegar al local, que, como era de esperar ese día, estaba cerrado. 

viernes, 17 de junio de 2016

IV. La amiga

La amiga era mi amiga, que antes leía estas cosas y ya no y, en realidad, no tiene nada que ver con esta historia. Aquel día, de camino al pueblo en el que nos confirmarían el nombre de la cantante, nos metimos en una rambla para ver un pinar al que de vez en cuando íbamos a por piñones. Aparcamos y nos bajamos a ver si quedaba algo, aunque los restos de una pequeña hoguera reciente mostraban que ya había estado alguien recogiéndolos. Lo que cuenta, lo que importa y no tiene nada que ver con esta historia detectivesca, es que justo allí, en ese momento sin trascendencia con el que se ocupa los huecos del tiempo, mientras hacía fotos a una despistada Gema recolectora, mi amiga, la que era mi amiga, me envió un mensaje, una foto de su perra cogiendo un calendario, sin más motivos ni intenciones que mostrarme la gracia de su perra. Gema lo vio, vio el cambio, cómo lo que ocurre es lo que hace la felicidad y no las ganas de no ser infeliz, y vio lo que luego quizá influyera algo en esta historia, al menos en mi forma de recordarla, en la que, estúpida e inevitablemente, ella está presente para mí. ¿Qué coño te pasa?, me dijo Gema mirando de forma sospechosa al móvil que aún sostenía en mi mano, te ha cambiado la cara en un segundo. Estas cosas no se cuentan, porque sólo son aledaños de la historia, porque no se puede contar todo, pero para el que cuenta están ahí; y hoy, por ser hoy y no decir lo que me gustaría decirle, al menos me diré esto.

martes, 14 de junio de 2016

III. El apellido

La siguiente pista llegó con un periódico viejo con el que íbamos a encender la leña del horno para no olvidarnos de que estábamos en un pueblo. Mientras lo preparaban todo, Gema se puso a mirar los periódicos que guardábamos para eso, para iniciar el fuego, y en uno de ellos leyó el anuncio de un concierto de una cantante con nombre vasco. Podríamos acercarnos al sitio este, si sigue abierto, quizá todavía haya conciertos, y así hacemos algo distinto esta noche, dijo. El local estaba en un pueblo cercano al que no solíamos ir y que, además, estaba de fiestas en esas fechas. Buscamos información en el móvil y seguía abierto; de la cantante de nombre vasco no encontramos nada, aunque esta vez sí fantaseamos con que fuera ella, o con que, al menos, el dueño pudiera saber algo. Después de la comida, familiar, multitudinaria, que ya quisieran ustedes haber probado, salimos para el pueblo por carreteras provinciales, deteniéndonos un par de veces antes de llegar, porque siempre es mejor hacer los recorridos sin preocuparse demasiado de la idea inicial, como aquella vez que nos perdimos por carriles en bastante mal estado que parecían no llevar a ninguna carretera transitable por negarnos a dar la vuelta al comprender que nos habíamos equivocado de camino. 

sábado, 11 de junio de 2016

II. El hijo

Y fue en un mercadillo de antigüedades, de cosas viejas, una mañana de verano que fuimos al pueblo, mientras ojeábamos por curiosidad objetos raros, instrumentos de labranza, baratijas, vídeos o revistas porno, libros que nadie volvería a leer, cuando Gema se puso a hablar con uno de los que estaba allí vendiendo discos, instrumentos de música, radios y tocadiscos, que supimos algo, que obtuvimos la primera pista. Claro, me diría Gema después, tenía un disco de Sun Ra entre lo que vendía, entre mucha basura diría, cómo no preguntar qué coño hacía allí. Pero el chaval ni idea, que el sólo estaba  allí vendiendo y esas cosas las obtenía de muchos sitios, tiendas, amigos, basura, sin preocuparse mucho de lo que eran. Otro chico que pasaba por allí escuchó a Gema y también le hizo gracia que alguien se interesara por ese disco. A mi madre le gusta mucho y suele ponerlo bastante, le dijo mientras yo seguía mirando cosas oxidadas por otro puesto. Y hablaron un poco de música y Gema le contó que mi familia era de aquí y que estábamos pasando las vacaciones con ellos; y él que que vivía aquí con su madre desde pequeño, aunque eran navarros y ese verano estaba trabajando en Granada. Gema no le dio mucha importancia a la conversación, una más de las que solía tener cada día con desconocidos, y el chico se fue sin que le hiciera Gema mucho caso, sin que supiéramos que era nuestra primera pista. Ahora los veo y el parecido es evidente, pero entonces no tenía sentido ni que pensara en ello, contaba Gema después.