domingo, 4 de diciembre de 2016

Sombras

Durante la vida no se tienen más de una decena de interlocutores; independientemente de con quién estés hablando, todo va dirigido a esas pocas personas, y en tu caso es muy evidente, me dice Gema. Desde hace unos dos años, todo lo que dices lo haces pensando en que tu amiga te está escuchando, o te está leyendo, como intentando demostrarle algo o intentando explicarle cosas, tu comportamiento y todo eso, lo horrible que eres. En los discursos políticos también se ve muy claro, incluso en los debates, nunca se dirigen al que está escuchando físicamente. O artículos en periódicos con sus claves internas. Luther King no dio su discurso para los negros, sino para que lo oyeran los blancos, diría así un poco sin pensar mucho. Aunque ellos lo hacen con sus intenciones políticas, pensando en la repercusión que tienen sus palabras en la opinión publica, en las posibles reacciones; tú lo haces por tu evidente estupidez: nada de lo que dices llega a tus interlocutores, sólo es la necesidad de decirlo. Pero bueno, decía que lo hace todo el mundo, me dice. Sólo que contigo me resulta muy fácil identificar tus interlocutores, tu hermana, tu amiga, yo, tus padres, tu perro, Silvio, quizá tu primo o alguno de tus seguidores favoritos de tuiter... Eres muy simplón, Ru. Sin olvidarme de ti, que ya me has hablado muchas veces de tu técnica de decirles cosas para obligarte a hacer algo que no te apetece. Eres tu interlocutor preferido.

Sí, estamos en el centro, rodeados de gente con bolsas y con luces iluminando el camino que debemos tomar. Dicen. Y fuimos peatones por donde el tráfico y buscamos algún sitio donde comer. 

sábado, 12 de noviembre de 2016

Ruinas

Nos metimos por la puerta de la parte más moderna de la casa, que estaba cerrada únicamente gracias a un alambre enrollado en un gancho de la pared; la otra parte, más vieja, con techos con vigas de madera y tejas, tenía la puerta perfectamente cerrada a pesar de que casi todo el techo estaba derruido. Fue Gema la que decidió entrar después de asomarse por las ventanas. Hay colgado un calendario de 1989 y sobre la mesa hay una caja, imagino que vacía, de ginebra Larios, y cacerolas y botes de colacao sin etiquetas, tenemos que entrar, Ru, me gritó Gema mientras yo le hacía fotos desde lejos a la casa y a Gema, a la que todos sus amigos llamaban la gata por más de una razón. La casa tenía además un garaje con una puerta metálica, amarilla y oxidada, una especie de corral y un trastero un poco más arriba, separado de la casa, con un horno de leña, y dos aperos pequeños delante de la parte vieja de la casa (uno de ellos un cuarto de baño).

El calendario es engañoso, está claro que la casa lleva bastante menos de treinta años abandonada, me dijo cuando me acerqué. Así que entramos mientras Gema sacaba su cámara de fotos de la mochila y tarareaba una canción de Tom Waits. Lo mejor de las ruinas es imaginar sus historias, me dice, la alegría inicial de una casa nueva, los polvos que echaron en ese sofá polvoriento de forma furtiva los hijos, los padres, los invitados ocasionales; y luego la decadencia, como ese poema tuyo, el de las rejas, como se va asomando poco a poco, hasta acabar echando a sus habitantes de aquí, por lo que fuera. Gema se fue a la izquierda y yo entré en lo que parecía ser una despensa, con la caja de Larios y cacerolas, y el calendario, en el que comprobé qué día de la semana cumplí mi primer año de vida. Oh, me encantan las puertas que llevan años sin abrirse, acumulando sustancias, ajustándose a los huecos, dice Gema golpeando la puerta de una habitación para entrar en ella. La gente cree que las puertas son para abrirse y cerrarse, pero no, las puertas existen, y ese es su estado preferido, sólo para estar cerradas, por eso me encanta dejarlas abiertas. A ver qué hay, dice. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Recrea

Gema se levanta de la cama y abre la ventana para asomar la cabeza. Están muy bien tus nuevas vistas, dice, se le puede medir el pulso al barrio mucho mejor que en tus otros pisos, entre otras cosas por lo bien que se oyen las conversaciones de los que pasan por aquí debajo. Y el balcón es fantástico, dice entrando al salón, deberías empezar a fumar sólo por aprovecharlo. Gema sale al balcón y saca el móvil para grabar la tienda cerrada de enfrente, que tiene las puertas llenas de graffitis, y a la transeúnte que pasa justo en ese momento por allí. Los desconocidos son mis personas favoritas, dice. Acabamos de despertarnos y el sol comienza a dar sobre la fachada del edificio, por lo que se está bien en el balcón. Gema lleva una camiseta mía, unos pantalones cortos y calcetines, exactamente como yo. Nos situamos allí y yo intento algunos comentarios situacionistas en relación a mi nuevo barrio, al anterior, al tenderete (uno de estos que son plegables) que tiene una vecina colgado una calle más para allá y que vi en una foto de instagram de una cuenta de Madrid-is-different o algo así algún día antes que en la misma calle. Gema se apoya en la barandilla y recrea con sus manos otras manos. Como lo que escribió la que todavía no es mi alumna, digo intentando no ver esas otras manos en las de Gema, que en el neoliberalismo hacemos footing para olvidar la ciudad mientras que los situacionistas pretendían reaprender la ciudad reflexionando sobre ella en cada caminata. Mis paseos por la ciudad, por los pueblos, suelen ser más bien interiores, aunque algo de realidad siempre se acaba colando, digo. Gema se fija en que le estoy mirando las manos, pero no hace mucho caso. Es lo único en que se parecen, pienso. 

martes, 25 de octubre de 2016

Cielo

...esto sí que es un fin de capítulo...



Quise un sueño lleno de luz
y al retroceder no sé exactamente hacia dónde
contemplaba un rostro que sonreía
y demostraba ser algo así como el absoluto:
tú sigue jugando con los detalles con los gestos sin recibo
que yo te torturaré con mi generalidad sin espectáculo
decía mientras me movía por el escenario de un sitio a otro
cosiendo unos pantalones de calidad infinita
o eso pensaba, llorando para existir
y ocultando con pocas palabras todo lo que parecía ser yo

La sala estaba vacía butacas vacías la pendiente ascendente
y no veía las paredes ni escaleras nada a lo que dar testimonio
ni la quietud de antes ni la suciedad de después
aunque ella estaba ahí con su sonrisa
no somos más que espejos en los que te buscas sin vernos:
si no los dejas conocerte no los conocerás, no me conocerás
no habrá nadie, cuenta algo, es imposible caminar contigo con ese silencio, esa barrera,
un  gato de esos que no hace ruido por la chapa de algún tejado,
aún no es demasiado tarde, aún puedes ponerte la otra bota, caminar
dejar de mejorar esos pantalones para empezar a usarlos
o puedes olvidarte de ellos, caminar desnudo como desnudas todo lo que no tocas
las manos bonitas, la piel no es la intemperie,
las caricias que te faltan, no todo importa igual, no todo importa tanto

Mañana nos iremos a vivir juntos
para no empezar a bailar cuando estemos muertos

La sala se va inundando ilimitada y el mismo cielo lo abarca todo
cada nube vestida de ramas cada gota que se deja caer
debo creer que espera mis palabras si sigue ahí
mojándose el pelo en mi sueño
los dos sentados en la misma fila callados
fue ella la primera en llorar pero no lloraba por mí, lloraba por ella
yo lloro por mi, por las palabras que elijo
por lo que no he sabido conocer y lo que conozco
por lo que no dejará de ser posible
desde una madera que sigue mojándose
y una tormenta que no será para mí.

domingo, 16 de octubre de 2016

Las manos

...you could understand something only if you did not desire it...

A mí lo que me interesan son las manos,
por eso no me fijé en el libro que sacaste para nada,
porque lo dejaste junto a ti sin tocarlo,
y no me fijé en tu voz que hablaba de cosas inasibles
ni me fijé que yo estaba aún allí.
Me fijé en tus manos, entonces,
en la tecnología que te alejaba de mí
o en el perro que se acercó a saludarte
consciente de que hay cosas que no se agotan
y que pueden compartir instantes.
Lo entiendo todo a partir de ellas,
quizá porque nunca supe ser directo
o porque nunca he entendido nada,
ni tú tampoco has entendido nada.
Estábamos sentados al lado
y estábamos como siempre en sitios distintos:
tú tan humana, tan joven, y yo apenas literatura,
hablando de amistad en mi teatro sin público
con el silencio que tan poco soportas.

Y ahora pienso en tus manos,
en todas esas cosas que nunca les veré hacer,
como construir el deseo o la música
(con tu encanto infantil y tu seguridad adulta),
y en cómo se tejen las complicidades,
como las manos de los amantes que ya han follado
o los besos de aquella película,
y pienso en nuestra despedida
y recuerdo mis manos y sus gestos inútiles,
como tocar la guitarra para mi, como encerrarlas en los bolsillos
y recorrer la ciudad como si fuese el siglo veinte
y en una de sus calles estuvieses tú
desvelando con tus manos todo lo que nunca he sido.