lunes, 11 de diciembre de 2017

Argumento (borrador)

Lo primero fue la gata, en una pausa ondulada, presumible, parada donde nadie hubiera imaginado, y lamiendo con la lengua afectuosa, áspera, la zarpa civil, de ella, que acariciaba también su cabeza, las orejas marrones, el duro lomo, las costillas ocultas por el denso pelo, por los ojos amarillos que miran en la hierba peinada, por si acaso fuera un homenaje esa mirada, un reconocimiento siempre recibido de animales: son los que más saben apreciarme, dijo Gema, como los niños, las niñas, los que no tienen aún un estúpido sistema de valores con el que defenderse (y recuerdo la niña con parálisis cerebral acompañada de su padre que me dio la mano cuando caminábamos por la calle). Esperamos que pasaran hombres cavilosos, encogidos, que llegaban demasiado despacio, pisando la acera, interponiéndose, y sacamos la foto; ella, la gata, en el centro; Gema, la Gata, a su lado, imponiendo su afecto sin esfuerzo, sin mirarme, mirándola; yo desde el otro lado, y dije que escuchaba el ruido gatuno, y dijimos que era para dejar constancia, que estuvimos allí, mirad, en esta acera, con una gata probando su lengua en la deseada piel de Gema, y sin esfuerzo, y el mar detrás jugando con el aire frío del invierno. La llamaré S., dijo Gema cuando me acerqué, aunque no la volveremos a ver. Me miró con inteligencia la gata, sabiéndolo, aunque no dijo nada. Está en todas partes. Y prefería a Gema, claro, que empezó a darle golpecitos en la cabeza, y cerraba los ojos amarillos. Seguro que te ha mirado igual que ella, sin importarle, dijo Gema.

Luego se despidió y con una pasmada contracción felina siguió tranquila por la calle de Calafell en sentido contrario al que íbamos nosotros en busca de la botigue de Carlos Barral. Y ahora te toca a ti, dijiste, y eso fue lo segundo que hicimos, esta vez Gema con la cámara y yo bajo las vigas de madera, en la puerta azul, imaginando el techo con vigas azules de una de las habitaciones.

Ya en el tren de vuelta de Cataluña, me enseña Gema la foto, riéndose de mi gesto, afectado por el sol. Nunca has sido muy inteligente con las adversidades, siempre con tú único argumento en mente, sin aprovecharlas, sin la agilidad necesaria, y luego a buscarle palabras a tu fracaso. Creo que te hace falta algo que te haga reaccionar, me dice, que te quite tu anquilosamiento, que te haga buscar más argumentos, los de verdad y no los que únicamente ves tu.

Lo tercero, poco después, 

sábado, 12 de agosto de 2017

Danubio III

Ya en el restaurante les cuento cómo, después de años sin ir a la playa ni a la piscina, por razones que no merece la pena explicar (a la piscina he tardado incluso otros cinco años en ir, y porque no podía decir que no este año; de las piscinas sí que estoy en contra: no tienen medusas, peces, olas o corrientes de diferentes temperaturas y, además, están llenas de cloro), empecé a soñar con sumergirme en el mar, les expliqué, con la sensación de lanzarme de cabeza y sentirme rodeado de agua. Y eso, recuerdo, a principios del año; no sé, enero, febrero. A la playa no dejé de ir, que de vez en cuando paseábamos por allí, casi nunca en verano, siempre sin bañarme. Pero ese año, y estando en Madrid, empecé a soñar con eso sin ningún tipo de motivo que me llevara a ello; yo que sé, conversaciones, películas o alguna otra cosa así; no hubo nada, simplemente empecé a soñar con el mar, como si se hubiera ido acumulando durante años esa necesidad hasta llegar a un umbral en el que ya no era posible ignorarla. Y claro, el deseo fue creciendo cuanto más cerca estaba el verano. Fue el año que conocí a Gema; quizá tenga algo que ver. Evidentemente, en cuanto pude volví a bañarme, dejándome de tonterías. El verano de las medusas y la publicista, por cierto, Gema, que fui contigo varias días a la playa, no sé si te acuerdas. Desde entonces lo de ir a la playa se ha convertido en el centro de mis veranos otra vez, como de pequeño. Mi abuelo creo que me gana, que, después de más de cincuenta años, este año le dio por bañarse otra vez un día que acompañó a mi primo pequeño a la playa. 

Estábamos hablando de androides, de cuánto pueden llegar a parecerse a un humano o de cómo sería la vida con ellos cuando sean casi como humanos. Lo que quiero decir, les digo después del rodeo argumental que soportan tranquilamente mientras seguimos comiendo los excelentes platos que nos han puesto, es que ese tipo de deseos, probablemente los más interesantes, que surgen no como algo simplemente casual sino consistente con la historia propia, aunque sea de forma inesperada, jamás podrían introducirse en un androide. ¿Cómo programar eso sin que sea algo elegido previamente ni tampoco aleatorio, que aparezca de forma propia con los sucesos que haya soportado cada androide?, pregunto sin esperar respuestas. El inglés, que al contrario que a mí le apasionan mucho todas estas cosas, continúa con su argumentación cuando termino. Habla de Westworld, de que pase el tiempo suficiente, de que no haya un colapso de la civilización. Ah, digo, tú también te has leído ese libro. 

viernes, 11 de agosto de 2017

Danubio II

Y el inglés, que parece que ya ha terminado de descifrar el plano o de aclarar sus ideas o de hablar con Irene de las fotos, nos llama. Yo me acerco sin reticencias y a Gema le tenemos que insistir un poco para que deje de mirar magnéticamente al río. Nos dice, mientras se acerca Gema, que la calle no está muy lejos y que le parece buena opción que vayamos allí para comer, al restaurante que nos recomendaron los murcianos; lo dice dibujando con el dedo la trayectoria sobre el plano, como arrasando todo lo que hay en medio, pienso. Irene, siempre agradable y entusiasta, dice que le parece buena opción; yo asiento, sin decir nada; Gema suelta uno de sus vale que podrían significar cualquier cosa pero que siempre terminamos por considerar como una aceptación. Hambrientos e imaginando la posible comida, nos dirigimos a esa calle confiando en las indicaciones que nos da el inglés, atento siempre al plano y disfrutando del siglo veinte, los cuatro ajenos a la posibilidad de ayudarnos de mapas digitales y satélites. El inglés se adelanta un poco, contento en su papel de guía, y nos quedamos detrás Gema, Irene y yo, hablando, primero de comida -algo que yo sólo soporto cuando tengo hambre por un misteriosa razón psicológica o incluso física-, y después, al cruzarnos con una pareja de un erotismo demasiado evidente, Gema dice que le cuesta no imaginarse la vida sexual de los demás. Soy incapaz de no imaginarme la vida sexual de los demás, dice. De todos, incluso de gente que no me atrae, como esos dos que nos acabamos de cruzar, tan evidentes y aburridos. Posturas, gestos, vocabularios, la timidez o vergüenza que son capaces de ocultar, el atrevimiento, luces, música, me lo invento todo, y, como tengo ya demostrado, con una total falta de intuición y acierto alarmantes... que me alarma, quiero decir, dice Gema, y contrasta con lo bien que suelo entender a la gente en aspectos menos íntimos, más sociales, en anticipar decisiones, imaginar gustos o parejas, con una comprensión alarmante... asombrosa por lo acertada, quiero decir, mi comprensión. Hay algo en la intimidad de los demás que siempre acaba por descolocarme cuando no los conozco demasiado. Irene no dice nada, pero tiene gesto, pienso, de estar pensando cómo se la imaginará Gema. No sé si te has cruzado con los de la habitación de al lado del hotel, me dice a mí, que tampoco digo nada, esa parejita un poco sosa, apagada... ni joven ni enérgicos, a pesar de la edad... y luego esta noche, Irene, por suerte en otro idioma, creo que en sueco, se lo han pasado estupendamente... como el compañero de piso de tu amigo aquel, Ru, que se traía casi cada noche a alguna distinta y no escatimaba en lenguaje y otras cosas... Lo que tiene más delito, que tu amigo lo escuchaba todos los días y luego, además, tenía que cruzarse con él. Aunque a tu amigo parecía no importarle demasiado, era bastante tranquilo para esas cosas, no como tú. Lo que decía, que no esperaba yo de la parejita del hotel que fueran a disfrutar de esa manera, dice cuando llegamos a un semáforo y nos reagrupamos con el inglés. Dos calles más y llegamos, dice. 

lunes, 7 de agosto de 2017

Danubio I

Gema mira el río con la fijación habitual con la que mira siempre el agua. Yo la miro a ella o disimulo, apoyado en la barandilla que nos separa del río, mirando los edificios que hay en la otra orilla o siguiendo con la mirada los barcos que de vez en cuando pasan por delante. Irene, su hermana, parece buscar ángulos inesperados con su cámara como si fuera una tenista intentando sorprender a su rival; incluso la ropa - una falda corta, veraniega, blanca- y las zapatillas parecen confirmar mi impresión. El capullo del inglés está liándose un cigarrillo en un banco cercano. Hemos hecho una parada después de haber caminado durante toda la mañana por las calles de la ciudad -entrando en iglesias, museos, pasando por plazas- con un tiempo veraniego bastante agradable. El cielo, despejado, está completamente azul. La idea es, dijimos, buscar ahora un sitio donde comer; por eso el inglés, una vez que se ha terminado el cigarrillo, saca un plano para encontrar o elegir el camino que nos lleve a la calle donde está el restaurante que nos han recomendado esta mañana unos simpáticos murcianos que nos hemos encontrado a la salida del hotel y con los que ha hablado el inglés, lo que nos llevó a descubrir que nosotros, Gema, Irene y yo, compartimos la manía de evitar hablar con españoles en el extranjero. Irene se sienta a su lado y le dice algo que no llego a escuchar mientras revisa en la cámara las fotos que ha estado haciendo. Gema, a la que no le hacía mucha ilusión este viaje (tráete a tu amigo o novio o lo que sea, si quieres, pero me gustaría que hiciéramos un viaje juntas, que hace mucho que no lo hacemos y sólo serán tres días, le dijo su hermana intentando convencerla mientras Gema valoraba la propuesta con un gesto bastante escéptico en el rostro), aprovecha para decirme que la verdad es que se lo está pasando bien. Estas cosas siempre se disfrutan, me dice. Yo lo disfruto todo siempre, porque se puede disfrutar de muchas maneras, con la repetición, con lo nuevo, con las pequeñas variaciones, con lo aburrido, hasta con el sufrimiento. Los mejores recuerdos que tengo de mis veranos siempre vienen del aburrimiento, de las largas tardes de verano, calurosas, en el pueblo leonés de mi abuelo. Lo que prefiero en verano es la posibilidad de que aparezca el aburrimiento y no tener que adecentarme todos los días; los planes, para el resto del año. Pero no pasa nada por tener unos días ocupados, me dijo al invitarme a venir. La imaginé niña, adolescente, con pantalones cortos, zapatillas estropeadas y sucias, las piernas manchadas de tierra y marcadas por heridas y rasguños, las uñas de las manos también llenas de tierra, persiguiendo gatos, pájaros o puteando insectos por calles aplastadas por el sol, vacías, o cerca de un río, una alberca o una piscina o lo que quiera que haya en ese pueblo leonés; o sentada en el suelo, apoyando las piernas en una pared blanca con una libreta o un libro cerrados junto a ella; la imaginé, quizá, como si tuviera mi pasado, porque me recuerda a mí y hay demasiadas cosas de las que no le gusta hablar, así que completé con lo que tenía más a mano mi escasa imaginación de esos días. No creo que sea sólo por nostalgia del aburrimiento, me siguió contando aquel día, con un daiquiri, ella, y un bourbon, yo, en una terraza del centro de Madrid, por ese aburrimiento -que no tenía nada que ver con un hastío ante cualquiera de las posibilidades de la vida- de cuando aún no tenía ni ordenador, sino por lo que acababa siempre por aparecer debido a ese aburrimiento, los juegos, las conversaciones, las ideas, las sensaciones, quizá, las cosas creativas infantiles que hacía entonces, dibujos, manualidades, con mi hermana o mis primos a los que sólo veía en verano. Los momentos luminosos, dijo como citando a Levrero; esa sensación que provocaba el verano de estar como fuera del mundo o del tiempo. Eso me lo cargo ahora un poco con exceso de lectura y con internet, pero intento que algo quede. Soy demasiado nostálgica, no lo voy a negar, y tampoco voy a negar que busque demasiado la infancia en mis veranos en lugar de renovarme, me dijo. Y el inglés, me dice ahora con la vista puesta en el río, quizá no sea tan capullo como insisto en recordar siempre. 

miércoles, 26 de julio de 2017

Vacante

La diferencia entre decir Soy más cuando estoy contigo a decir Sin ti no soy nada es, diría, me dice Gema, a parte de que la primea frase sea de un poeta que tiene algo que decir y la otra un lugar común de quien no tiene otra forma de conseguir lo que quiere que arrastrarse de forma totalmente miserable y, por supuesto, falsa, el matiz mínimo que necesito para saber si alguien me interesa. Me gusta la gente que cuando estoy con ellos pienso en la primera frase; y también que haya gente que piense de mí eso, aunque esto me preocupa menos. 

Estamos otro año más, Gema y yo, con las maletas bajo los pies, esperando. Tiene Gema los ojos un poco más pequeños y menos verdes que otro años. El pelo corto. Lleva sandalias, lo que dejó de resultar raro cuando entró en la treintena y empezó a decir que tenía unos pies demasiado bonitos como para no enseñarlos en cuanto tuviera oportunidad. Aunque reconozco, suele decir, que en caso de apocalipsis es mejor tener unas buenas zapatillas o unas botas. También sabe lo que pienso de las sandalias y juega con ello. Lleva, además, unos pantalones muy cortos, pero no de esos horribles, y una camiseta verde.

Estamos, otro año más, escuchando los preparativos de una mudanza. Esta vez es la vecina uruguaya del piso de al lado, con la que tanto hemos hablado de Zitarrosa, de Levrero y de Onetti, porque para qué voy a destacar todo el resto de cosas no uruguayas de las que hemos hablado, la que ha decidido marcharse a otro piso, también en Madrid, y dejar vacante este. La uruguaya arrastra muebles, maletas, de vez en cuando habla con el que creemos que es su novio, aunque nunca hemos llegado a saber, con ese acento que, como buena persona terca, ha decido no perder por mucho tiempo que vaya a pasar fuera de Uruguay.

Y es una pena, la verdad, continúa, porque yo con ella, y desde el primer momento, lo que dada mi habitual desconfianza resulta raro, he pensado siempre en esa frase y creyendo que era recíproca. Es la única vecina en Madrid con la que he tenido relación, la voy a echar de menos. Entre tanto yo me divierto repitiendo excesivamente el nombre de la uruguaya, aunque en realidad es otro nombre que Gema no conoce porque no quiero que se divierta una vez más conmigo. Si que tiene cosas la uruguaya, digo, nombrándola. Decidimos esperar hasta que termine y luego irnos a esperar a la estación, que aún hay tiempo. Las vacaciones no son más que esperar en otros sitios, me dice Gema.