jueves, 9 de marzo de 2017

Dice Lisboa

Me visita intempestivamente Rubén después de unos meses sin que hayamos hablado para regalarme la que va a ser la única copia física de su tercer disco. Estaba mejor callado, me dijo, llevo casi dos años siendo una compañía insoportable. Quiero que la tengas tú, Lisboa, las fotos que he robado para acompañar a las letras son muy bonitas, te gustarán. Me pide a cambio que ejerza de periodista, de crítica musical, de burlona juntapalabras, de amiga que dice la verdad cuando miente. Y eso están leyendo ustedes en este tan poco visitado blog, unas pocas palabras que he logrado arañar entre otras miles de palabras que escribo cada día de la semana por pasar un poco el rato en la oficina en la que trabajo todavía como periodista, un poco más segura, un poco más harta, un poco más brillante y un poco más gordita que cuando me conoció Rubén en aquel banco en el que esperaba fumando a que pasara algo, aunque sólo fuera el tiempo. 

Entonces sólo tenía un disco (La vía real, 2010), muy mal grabado y en el que apenas sobresalía una canción con poema de César Vallejo. Luego llegaría aquel texto que me regaló y un segundo disco (Destiempo, 2014) bastante más cuidado y con unas cuantas canciones interesantes, aunque en general, por el empleo únicamente de guitarras y una voz tan poco luminosa como la suya, además de su poca capacidad para la creación de melodías, no eran tampoco muy buena publicidad: por lo que no llegó a vender ni una unidad, ni siquiera regalada, ni siquiera lo intentó. No pasarán a la historia temas tan geniales como el que da título al disco con poema de Enrique Lihn y una guitarra que mezcla el famoso vals de Antonio Lauro (Natalia) con el Josele Santiago de Lecciones de Vértigo, o como la fantástica versión de La canción del Croupier de Mississippi de Panero o unas cuantas maravillosas canciones instrumentales que mezclan a Leo Brouwer con Philipp Glass.

Y así, de esa misma manera, como un pequeño nexo entre discos, comienza su tercer disco (Mejor Callado, 2017), mezclando a Leo Brouwer con Philipp Glass en uno de sus clásicos temas instrumentales improvisados con cinco o seis guitarras sonando simultáneamente (en esta ocasión incluye, además, un lluvioso piano). Me cuenta Rubén, me contó, estuvimos hablando toda la noche, cenamos juntos y era viernes, e incluso amaneció sin que dejáramos la mesa ni la conversación ni nos preocupáramos de la ropa, y lo de que es insoportable sólo lo piensa él o gente aburrida, que la idea del disco, lo que le hizo querer reunir canciones, era la idea de cortar con esos dos años insoportables mencionados, hacer un disquito de desamor, de esos conceptuales y cansinos, pero que finalmente sus limitaciones creativas le llevaron por otro camino. De esa triste idea sólo queda el título de este tema instrumental (Para un fin de capítulo, tan barraliano) y otros dos temas, relegada, la idea, a un situación apenas tangencial. Me cuenta, también, que al final decidió quitar otro instrumental, su tema más triste, que tenía puesto su nombre. No he superado nada, ser tan capullo, pero ya no importa, me dijo. 

Tres temas parecen estructurar finalmente el disco, agrupadas las canciones por esos temas, separados por piezas instrumentales. El primer tramo del disco lo componen canciones de temática amorosa. Comienza este tramo con Pregunto, canción bellísima con una letra estremecedora basada en un poema de Sara M. Bernard (apenas hay algunos cambios para lograr encajar en la música el texto). El piano aparece para enriquecer la sonoridad de la canción. Continúa el disco con una canción que tiene una introducción y una coda de guitarra preciosas. Entre medias una de sus mejores y más complejas armonías, para una letra algo irregular en la que mezcla un poema de Juan Gelman con otro de su amiga Clarice y habla de un desamor aburrido y demasiado preocupado por la posesión de no se sabe muy bien qué. Continúa la temática amorosa en Mejor callado, la canción que da título al disco y que dedica a su amiga Sofía sólo por su encanto a la hora de decir una frase. Una vida insatisfactoria, un amor sin pasado ni futuro, un bar, una noche, porque la vida no es tan importante. La guitarra eléctrica encaja a la perfección, sin llegar a desentonar con el resto del disco en el que no vuelve a sonar. Una de sus mejores canciones. Cierra la temática amorosa con un tema a piano, Sitios distintos, que, dice, siempre negará que tenga algo que ver con el tema de Nacho Vegas de mismo título y mismos acordes. Muy bien elegida la fotografía que acompaña al título en el libreto. 

Las siguientes canciones tienen un corte social, casi de canción protesta. En especial la primera, La casa encima, con un interesante acompañamiento de guitarras de carácter fronterizo (sabed lo mucho que odia este término Rubén). El rock de Cultura del palimpsesto, con sólo dos acordes y un interesante punteo acústico, encaja a la perfección con el poema de Ida Vitale, genialmente cantado con voz apagada por Rubén, que para ciertas canciones logra cantar de forma interesante.  Cierra el tramo social Canción del opresor en la que colabora cantando un ser perfecto y acerca el tema foucaltiano de la dominación con un bonito juego de espejos. 

La intimidad vertebra las cuatro siguientes canciones. Una especie de son acompaña a un soneto de Fina García Marruz y la vida apareciendo a destiempo. También canta muy bien en esta ocasión. Después continúa poniéndole música a tres poemas de Clarice. La primera canción, Clarice, sobre la felicidad de estar sola, de que se olviden de una, o quizá no, tiene una melodía sencilla y joven muy bien acompañada por las guitarras y el piano, en una mezcla tímbrica muy conseguida. Le sigue Intimidad, sobre las gilipolleces que una hace cuando se queda en la intimidad (no os contaré mis aventuras). Canciones pop. Unas guitarras de gran sonoridad y una voz susurrada hacen que La belleza no te hará resucitar tenga una peculiar atmósfera. 

Cierra el disco con un piano jugueteando con ideas que podrían haber interesado a Erik Satie, quizá en algún día poco inspirado, y, por último, un bonus track, una versión de Dirt in the ground, con una elaborada instrumentación de piano, tres guitarras y y violín de fondo, en la que Rubén es capaz de darle a cada palabra su entonación precisa; de esas canciones que le van perfectamente a su voz y que además tiene algunos grandes aciertos instrumentales. 

El diseño del disco, en tonos grises, y las fotografías, todas de Clarice, a la que se las ha quitado sin permiso y sin vergüenza, igual que los poemas, que todos los poemas, ha quedado bastante elegante. En definitiva, un disco en el que se ve un poco más de esfuerzo en la composición (menos basado en la ocurrencia y en su buena técnica guitarrista) y en el que los nuevos instrumentos empleados le dan un color diferente a sus composiciones y hacen más grata su escucha. Ha quedado bonito, le dije, lo pondré con los otros tres o cuatro discos de mi colección. 

Dice que está mejor callado, yo creo que no. 

jueves, 26 de enero de 2017

Mejor callado

I

Nada, sólo escribo algo como esto, 
accesorio,
y yo también no sé si funciona
el alegre tono con el que saludaba;
quería aparecer en la biografía de otros,
éramos fumadores, éramos amigos
olvidando la imagen que tienen de nosotros.
La calle, un bar en realidad, siempre pegada,
donde nunca se odia con sinceridad
a una persona de la que no sabemos nada.

Seamos idiotas, seamos amigos,
tengamos conversaciones con extraños,
mi pronunciación es exquisita
y nunca hay que limpiarlas,
como tormentas que son mejores que los domingos;
desvistiendo pausas insumisas
me pondrá otra, me sonreirá otra vez,
dirá mi nombre por las calles de mi nuevo barrio.

Mejor callado decir otras cosas.

II

Nada, como seguir siendo accesorio,
sin saber si funciona el alegre tono con el que saludaba;
quería aparecer en la biografía de otros,
éramos fumadores, éramos amigos
olvidando la imagen que tienen de nosotros.
La calle, y la realidad, siempre pegada,
donde nunca se odia con sinceridad
a una persona de la que no sabemos nada.

Seamos idiotas, seamos amigos,
tengamos conversaciones con extraños,
sin ensuciarlas con un lenguaje exquisito;
desvistiendo pausas insumisas
como tormentas que son mejores que los domingos
me pondrá otra, me sonreirá otra vez,
dirá mi nombre por las calles de mi nuevo barrio,
con la voz alegre de saber.

Mejor callado decir otras cosas.

III

Nada, como seguir siendo accesorio,
sin saber si funcionaba el alegre tono 
con el que saludaba;
quería aparecer en otras biografías,
olvidando la imagen que mostraba cada día.
La calles, la realidad, siempre pegadas,
donde nunca odiamos con sinceridad
a quien no conocemos de nada.

Seamos idiotas, seamos amigos,
tengamos conversaciones sin un lenguaje exquisito
con extraños desvistiendo pausas insumisas
como tormentas que aparecen deprisa;
me pondrá otra, me sonreirá otra vez,
dirá mi nombre por las calles de este barrio,
con la voz alegre por creer.

Mejor callado decir otras cosas.

viernes, 20 de enero de 2017

Encantado

“Ese es el riesgo, claro, cuando nos exponemos a las miradas de esas criaturas complicadas
 y atractivas que son las personas inteligentes: que atan cabos, que aciertan, que no se olvidan”. 

Me gustaría gustarle de algún modo, que sintiera una especie de interés puramente humano por mí, le dije a Gema, como también me gustaría gustarle a Mónica, a Íñigo, a Uve, a Basteiro o a alguno más de los desconocidos a los que sigo. Imagino a Gema aún en el autobús de camino a Asturias mientras ella, Clarice, está conmigo, mirándome mientras le explico cosas torpemente y pienso en eso que le dije a Gema. Como aquellos vídeos que colgaba en instagram de gente anónima con la que coincidía en el metro o los autobuses, le expliqué. Estoy con ella y pienso en eso, en que me vea de esa manera, le decía a Gema, con esa elegancia con la que usa las imágenes. Antes de conocerla pensaba, sin darle mucha importancia, en la posibilidad de cruzarme con ella y que me hiciera una foto de manera indiscreta. De pequeño quería ser personaje de novela, por ser descrito por un escritor, por ser explicado por las palabras de alguien inteligente, algo parecido a eso: me gusta que me observen las personas inteligentes, le decía a Gema; con la idea que tengo de inteligencia yo, ya sabes. Me habla Clarice de una chica que sube canciones a internet y también me gustaría que fuera capaz de hablar así de mí, que cuando yo me vaya y se quede con su compañera de piso hable de mí de forma parecida, ahora que ya no podré ser una persona anónima que aparezca en una de sus fotos ajeno y descuidado. Pero no, como siempre, soy incapaz de creer que haya alguien que hable de mí, que piense en mí (y siempre me causa estupor cuando comprendo que me equivoco, que puede pasar). Donde no estoy no existo. Eso son cosas imposibles, pienso siempre. Gustarle como me gusta ella, sin querer mucho más que eso, como quien contempla una película que le gusta, intenté enrevesadamente explicarle a Gema cuando íbamos juntos a la estación de metro. Es la segunda vez que quedamos y me dice que podríamos quedar todas las semanas, así que al menos algo de utilidad le ve a mis clases y esta vez no le ha dado vergüenza ponerse a cantar, y mientras guardamos las guitarras pienso que la envidio, que me gustaría ver el mundo como ella y no con la triste ridiculez de mis pensamientos, de mis comentarios banales, ceñidos a lo que no tiene encanto, y al bajar las escaleras de su piso sigo pensando en lo extraño que me resulta siempre todo. 

jueves, 12 de enero de 2017

Espera

Hay una canción de Taylor Swift que me encanta y de la que siempre olvido el título, dice Rubén escribiendo el nombre de la cantante en el buscador. Siempre me acuerdo de Allende cuando la intento encontrar en youtube, de cuando compartía piso con Tomás y ella, que solía cantarla cuando sonaba en la radio o mientras estaba haciendo cosas por el piso. Por cierto, que este verano me encontré con ellos después de casi dos años sin vernos, ahí en la playa. Estuvimos hablando un rato, de cómo les iba en Bélgica, de si se había cruzado algún perro como Beltza, el pastor belga que tenía de pequeña (siempre pregunto tonterías), de que en el verano allí se podía trabajar... Querían convencerme de que se está mejor allí que en Madrid, los muy cabrones. Esta es, dice abriendo el vídeo, en versión acústica. Las guitarras son muy aburridas, como casi todas las guitarras acústicas de los anglosajones, y algunas cosas que hace con la voz la Taylor son un poco coñazo, parecidas a lo que hacía mi gato Hume, que sólo maullaba con la i, Mi-i-i-i, decía, con su escepticismo natural y con mucho más encanto que ella. Además, es tremendamente comercial la canción, pero no está mal. Rubén se calla un momento para que escuche la canción. Yo estoy sentada en el sofá, hojeando un libro mientras me habla, olvidándose, ni cansado ni triste ni culpable. En el pop, una buena canción de una comercial apenas se diferencian por unos cuantos detalles; acaso sólo en la interpretación. Lo que ha hecho Ryan Adams con el último disco de Taylor... aunque lo cierto es que prefiero las versiones originales a las hechas por Ryan, que nunca me ha llegado a gustar lo que hace. La corista del pelo rizado está muy bien, dan ganas de besarla, le digo suavemente. 

Escucha esto, Gema, me dice. La consagración de la primavera. Es la música de la que toma el título la novela que estoy hojeando. Me encantan los primeros compases del ballet de Stravisnky, con esa leve atonalidad, que sacó de una melodía popular rusa; en el resto de la obra aún me pierdo un poco, dice, tengo que escucharla más veces, pero el inicio, no entiendo muy bien por qué, porque hasta me parece un poco insulso, es maravilloso. Deberías escucharla entera, lo mismo te gusta, dice, aunque para la música y comienza a buscar otra vídeo. A Vera, el personaje de la novela de Alejo Carpentier, me la imaginaba parecida a ti, que tienes algo de rusa afrancesada, me dice para molestarme. Uno de los temas del libro quizá sea el de cómo la gente se empeña en mantener su esencia a pesar de los sucesos históricos; aunque a la pobre Vera el siglo pasado le fastidiara un poco su carrera como bailarina, se acaba adaptando a eso sin abondar el ballet del todo. Creo que lo dice por los meses que pasé en Praga o por cómo están las cosas aquí.

Esta creo que ya te la he puesto, la grabé en febrero y no tiene nada que envidiarle a lo que hace Philip Glass. Sé que bromea, que no se toma muy en serio, pero pienso en cómo la gente es o cree ser aquello que se cuenta, que elige contarse. Hoy parece no estar preocupado y se entretiene con la música, con querer mostrarme lo nuevo que ha descubierto estos últimos días o lo que ha grabado, como un niño que le cuenta a su padre lo que ha aprendido en clases y las cosas que ha conseguido hacer. Es muy inocente, Rubén. Sólo son ocho minutos, pero alguna vez he llegado a estar más de una hora haciendo variaciones sobre esos acordes. Me sienta bien escucharla, aunque ya hace tiempo que no la toco por la mierda de que está en otra afinación la guitarra y es un poco coñazo cambiarla.

Todavía es temprano como para empezar a prepararse. Me pongo a mirar el móvil y Rubén sigue poniendo vídeos. Estas piezas de guitarra son sólo textura; para mí todas suenan igual y me dejan la misma sensación que cuando improviso tontamente, aunque creo que tiene un mérito muy grande ser capaz de tocar así, dice. Son fantásticas sobre todo para cuando uno tiene que estudiar o trabajar, ya que te olvidas pronto de ellas.

Ahora me pone una de Tom Waits. La de The Wire. La que suena en la primera temporada es una versión de otro artista, dice. Cuando empecé a ver la serie y escuchaba la canción pensaba que sonaba bastante a Waits, pero la verdad es que no la reconocí. Es de uno de los discos suyos que menos he escuchado, del que sólo me gusta escuchar alguna canción suelta. La versión de la primera temporada es la que más me gusta; más incluso que la de Waits, que tiene unos arreglos un poco distantes. Deberías ver la serie, me dice. Es muy realista; se aprende mucho del mundo actual. Ya, le digo, tú entiendes mucho de drogas y de Baltimore, donde pasaste tu dura infancia, por eso sabes lo realista que es. Recuerdo que me contó que el nombre de su blog viene de Waits y de un texto que escribió mientras esperaba un autobús, y que era una especie de crítica de uno de los discos de Waits. Textos rápidos escritos mientras se espera, era su idea inicial.

Le digo que voy a escribir otro texto como el que hice hace tiempo imitándolo, mientras se ducha y se arregla, que ya va siendo hora y no vaya ser que lleguemos tarde al final. Sonríe y se levanta. No seas mala conmigo, dice. No te preocupes, lo haré tan deslavazado y mal como lo haces en la mayoría de tus textos.

jueves, 5 de enero de 2017

Inquilinos

No escribas más, no vuelvas a poner el contrabajo contra la pared, no desees nada, no le digas te quiero a alguien que nunca lo oye, pon la cuarta cuerda en su sitio, llama a Gema, invéntate otra cosa, una vida que nunca deja de ser interesante, dos personas nuevas, que se abren o se cierran y no se imaginan lo que no es porque comprenden, me escucha Gema, que sabe que hablo de decepción, que sabe que no sé culpar a los demás, a otras cosas, a la sociedad, a mi costumbre de desconocer el momento adecuado, las oportunidades, cada uno baila como quiere, me dice Gema, que recuerda que el año pasado andábamos por la orilla recapitulando las gilipolleces del año anterior y arrepintiéndonos de cosas que no hicimos sabiendo que nunca nos hubiera gustado hacerlas.

Me dice que me calle, que ya hablaremos por la tarde, no vaya a quedarme sin nada que decir luego. Dejamos de hablar y continúo imaginando instrumentos musicales que no tengo y situándolos de cualquier manera contra las paredes de la habitación, sobre la cama o los muebles, en el suelo con ropa que no es mía cubriéndolos, o incluso colgando del techo o unos sobre otros. Cuando me doy cuenta, ya casi no hay espacio para mí en la habitación y tengo que levantarme de la cama y salir de la habitación: despertar y dejar de pensar tonterías.

Hace frío fuera, pero se vive.